El silencio es total. No hay ruido en esta noche triste del 13 de noviembre de 2017, fecha que quedará marcada a sangre y fuego en la historia de Italia. Sí, un lunes 13, número de la mala suerte. No hay ruido en las calles de Roma, pero tampoco en las calles de Milán, de Turín, de Nápoles, de Florencia, de Palermo, de Bolonia, de Turín, de Génova, de Ancona, de Reggio Calabria, de Perugia, de Pisa, de Livorno, de Como, de Messina, de cualquier ciudad de la península.

 

 

Es el silencio de los cementerios. No hay ruido, no hay explicación y no hay consuelo. Hablar de tragedia es poco. El ambiente es de luto en las casas, en las pizzerias, donde hubo gritos y malas palabras durante más de 90 minutos, ante la pantalla, en las calles, silenciosas como nunca y vacías, decepcionadas, desgarradas por un dolor inimaginable. El dolor de estar fuera de uno de esos grandes acontecimientos que unen, que hacen sentir orgullosos de ser “azzurri”, que hacen olvidar esa triste realidad de la crisis económica, política, cultural, que se vive, que hacen sentir bien.

Decir que los italianos están de luto es poco. Es el apocalipsis, la catástrofe, el desastre absoluto.

 

La eliminación de Italia del Mundial de Rusia cayó peor que una bomba atómica. Fue una puñalada. La peor puñalada.

“No se puede creer, no se puede creer”, comenta, llorando, Massimo, un romano que, como todos los italianos, vio por televisión lo que jamás se hubiera imaginado: la eliminación de Italia de un Mundial, por primera vez desde hace 58 años, ante un equipo como Suecia . ¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Y ahora qué?

 

Las lágrimas de Gianluigi Buffon , que hubiera jugado, a los 40 años, su último Mundial, que pudieron verse en vivo y en directo, en la televisión, certifican el apocalipsis, la debacle, el fin de un sueño.

“Cada italiano -de cultura baja, media y alta, de distinto origen y edad, hombres, pero también mujeres-, sabe que una verano de cada cuatro, desde que el mundo (televisivo) es mundo, vivirá un mes de suspensión y de alegría total, pase lo que pase”, escribió, en víspera de la catástrofe, Paolo Di Stefano en el Corriere della Sera. “Una Copa del Mundo huérfana de Italia dejaría a los italianos huérfanos de la Copa del Mundo y, por lo tanto, huérfanos de sí mismos, de los ritos que la preceden y que acompañan ese verano de cada cuatro”, agregó, anticipándose a esa sensación de orfandad, de agujero negro, que se siente ahora.

 

Italia está de luto. Es el apocalipsis. En twitter hay quien llama a ir a Ikea -símbolo de Suecia- a romper todo. No sólo Buffon llora. Lloran todos los italianos. En silencio.

 

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