Lo dice la escritora española Elsa Punset, autora de best sellers y experta en “felicidad”. El rol del dinero y la trampa de las redes sociales.

 

“No es magia, es inteligencia emocional”. Es su frase de cabecera, la que usa en el perfil de sus redes y la que repiten sus lectores, vaya donde vaya. Es, también, un resumen de su filosofía de vida. En su visita a Buenos Aires, la escritora Elsa Punset Iluminó un poco más, a su modo, el camino hacia la felicidad. Porque ella está convencida -basada en registros históricos y científicos- de que alcanzarla es posible.

 

Nació en Londres y se crió en Haití, Estados Unidos y Madrid, donde vive. “En su momento estábamos exiliados”, precisa la hija de Eduardo Punset, divulgador científico y ex ministro español. Tiempo después, se licenció en Filosofía y Letras, obtuvo un máster en Humanidades por la Universidad de Oxford, se graduó en Periodismo y en Educación Secundaria.

 

“Soy una persona feliz y, sobre todo, soy una persona optimista”, cuenta a Clarín en el lobby de un hotel porteño. Madre de dos adolescentes, dice haber nacido “en el ’64” y nos obliga a agarrar una calculadora, porque nunca revelará su edad. “Tenemos un tipo de cerebro que está constantemente tratando de dividirnos en buenos y en malos, jóvenes y viejos. Y es una forma de juzgar al mundo que no ayuda”, se justifica.

Autora de bestsellers traducidos a varios idiomas, presentó su última obra, “Felices” (Editorial Planeta), en la Feria del Libro. Asegura que para alcanzar la felicidad habrá que derrotar a dos enemigos: la falta de curiosidad y la desconexión. “Necesitamos una conexión con nuestro medio ambiente, con la naturaleza y con las personas”, remarca.

 

Ni siquiera las cuentas de YouTube, Facebook, Instagram y Twitter que muchos tenemos -incluida Elsa- nos ayudan a conectarnos. “Las redes sociales tienen su cara oscura. Los humanos nos comunicamos por medio de la empatía, nos miramos a los ojos y hay mucha información que circula ahí. ¿Qué pasa con estos medios? ¿Por qué somos más crueles de lo que somos cara a cara? Porque rompemos con esta capacidad de comunicarnos por medio de la empatía”, explica. Tampoco la convencen las fotos de la gente perfecta, en una playa perfecta, tomando un trago perfecto: “Es una visión edulcorada de lo que es la felicidad”, sostiene.

 

 

Ante la consulta de qué rol ocupa el dinero, basa su respuesta en estudios de premios Nobel. Concluyeron que es muy importante por debajo del nivel de supervivencia, porque uno primero tiene que tener lo básico. “Pero, por encima de ese nivel, el dinero tiene un impacto relativamente pequeño. Tienen muchísimo más impacto el afecto y las relaciones íntimas positivas”, dice esta gurú de las emociones. Y subraya: “La gente rica no es necesariamente feliz”.

 

Para Elsa, no dependemos solo de lo que los psicólogos llaman “felicidad natural”, que es lo que viene de afuera, lo que comprás con dinero, el nacimiento de un hijo o un cambio de trabajo. “Eso está muy bien, pero también somos capaces de fabricar la ‘felicidad sintética’: proyectos, gustos, pasiones e ideas que solo dependen de nosotros. Tenemos una máquina, que es el cerebro, capáz de fabricar felicidad”, profundiza.

Hagamos un pequeño ejercicio. Pensemos en cinco emociones básicas universales: miedo, tristeza, asco, ira y alegría. ¿Cuántas de estas son negativas o neutras? “Todas tienen un sentido”, dice Punset. “El miedo te protege. La tristeza es útil para hacerte cambiar de mundo. El asco sirve para no envenenarte. La ira es el gérmen de la justicia social. Pero hemos intentado, durante décadas, reprimir o anular las emociones negativas. ¿Qué pasa con ellas? Que si no aprendes a gestionarlas, inundan tu vida y te amargan. Hay que aprender a gestionarlas y para eso tienes un gran aliado, que es la alegría”, explica.

 

En épocas de Tinder y amores relámpago, surge una pregunta inevitable: ¿se puede formar una pareja feliz? Para responderla, Elsa acude al psicólogo John Gottman, quien desarrolló un protocolo por el cual encierra a una pareja en una sala, sin conocerlos previamente, y los observa. En 15 minutos, es capaz de saber con el 90% de acierto quién se va a divorciar en los próximos 5 años.

 

“Es muy sencillo. Gottman estudia la cantidad de emociones positivas que intercambia esta pareja frente a las negativas. Cómo se miran, cómo se tocan, qué se dicen, qué no se dicen. Las parejas maravillosas son las que intercambian cinco veces más emociones positivas que negativas. Las parejas que se llevan bien intercambian tres emociones positivas por cada negativa. Y por debajo de esto, el divorcio. No hay pareja que lo aguante”, asegura.

 

“Esto exige el esfuerzo de generar emociones positivas”, es su moraleja, también aplicable a otras áreas como la amistad, el trabajo y la familia. De eso habla en su colección de libros de inteligencia emocional para niños y padres, y también lo expuso en el Primer Congreso Argentino de Educación Emocional, que se hizo en Misiones. “Es educar la capacidad del niño de motivarse, ser más creativo, más empático, gestionar el caudal de emociones negativas”, explica sobre un movimiento que está llegando a las escuelas. Porque esto es igual que hablar inglés, ruso o chino: cuanto antes se aprenda, mejor.

clarin.com