El ex ministro cree en las chances de una «tercera vía» equidistante del macrismo y el kirchnerismo. Aspira a que se «bajen» los precandidatos peronistas

Por Fernando Gutiérrez

POLÍTICA
Roberto Lavagna dejó en claro lo que todo el ámbito político venía sospechando desde hace un año: que su eventual candidatura presidencial está condicionada a que se produzca un verdadero «operativo clamor» en el cual todos los pre-candidatos del espacio peronista no kirchnerista renuncien explícitamente a postularse y vayan a pedirle que lidere el regreso al poder.

 

No por casualidad, la reaparición pública del ex ministro se produjo luego del menguado acto de Alternativa Federal en Mar del Plata, en el que, con muchas ausencias de dirigentes, se sacaron la foto Sergio Massa, Miguel Ángel Pichetto y el cordobés Juan Schiaretti. Pegaron el faltazo cinco gobernadores, incluyendo a Juan Manuel Urtubey, lo cual puso una nota de duda sobre el futuro de ese espacio, que se comprometió a disputar una interna.

 

En ese acto, flojo en concurrencia de dirigentes y de militantes, Massa tuvo el protagonismo absoluto, con un discurso en el que empezó aclarando que hace nueve años que no se habla con Cristina pero hizo un guiño para los adherentes del espacio kirchnerista Unidad Ciudadana.

 

El propio Lavagna, que prefirió quedarse en su casa de veraneo de Cariló y seguir el acto por TV, envió un video en el que habló sobre la necesidad de «un gobierno de unidad nacional».

 

«Hoy a la Argentina le hace falta eso: un gobierno de unidad nacional que no es de unanimidad pero sí es generar en un grupo muy amplio sustento político, identidad de ideales, de valores, equipos para enfrentar la situación que hoy vivimos, que es compleja», afirmó.

 

Lo cierto es que Lavagna, como todos, tiene encuestas en la mano y hace una lectura política del momento. Según los sondeos más creíbles, Massa y Urtubey, sumados, hacen 9,5 puntos, muy lejos del binomio polarizador que forman el presidente Mauricio Macri y la ex mandataria Cristina Kirchner.

 

Esas encuestas marcan al propio Lavagna tercero en intención de voto con 13,1%. Y cuando se le presenta a la gente un «menú» de candidatos que no incluye a Cristina, entonces las posibilidades de Lavagna suben a 15,6%.

En definitiva, lo que quedó en evidencia es que Lavagna sí quiere ser presidente, pero no quiere ser candidato en una interna. En otras palabras, confía en que con el correr de las semanas, y a medida que las encuestas confirmen que ningún peronista de Alternativa Federal tiene entidad como para romper la polarización, los pre-candidatos empiecen a bajarse solos.

 

Él mismo mencionó el plazo de junio para la definición final sobre una postulación. Aunque, claro está, en el ámbito político se cree que la situación quedará clarificada mucho antes, acaso en abril. Lo cierto es que, a esta altura, nadie en el peronismo se anima a afirmar con total certidumbre que la elección interna con múltiples candidatos se vaya a realizar.

 

Lo que Lavagna siempre ha sugerido entrelíneas, y ahora de manera cada vez más explícita, es que espera un reconocimiento del resto del espacio político en el sentido de que él es la única persona capaz de liderar un movimiento que rompa la lógica binaria del macrismo y el kirchnerismo.

No habían pasado dos días del acto de Mar del Plata, cuando Lavagna, que venía esquivando al periodismo, concedió una entrevista radial en la que marcó diferencias con Massa y afirmó tajantemente que no estaba dispuesto a dar pelea en una interna. El mensaje implícito es que no sólo no le interesaba competir con el tigrense, sino que hasta creía que debía deponer sus aspiraciones presidenciales.

 

Lo cierto es que nadie se sorprendió por esa definición. A sus casi 77 años y con una vasta trayectoria como economista y funcionario, nadie se lo imagina trajinando el país en busca de votos, en disputa con pre-candidatos que cuentan con un aparato de intendentes y militantes, y que vienen preparándose desde hace años para buscar su oportunidad.

 

Para entender la postura de Lavagna hay que recordar que ya fue candidato en 2007, cuando se ubicó tercero con 16,9% de los votos. En aquella oportunidad, bajo el lema «Una Nación Avanzada», lo acompañó como candidato a vice el actual gobernador de Jujuy, Gerardo Morales. Y una de las figuras principales de su campaña fue Javier González Fraga, a quien ya había señalado como el eventual ministro de Economía en caso de ganar.

 

Es decir, en aquel momento hubo dos figuras con origen político en la Unión Cívica Radical, con fuerte perfil opositor al kirchnerismo pero también equidistantes de las opciones más ligadas a la visión «neoliberal» de la economía.

 

Y ese es el camino que el ex ministro quiere volver a recorrer. Está convencido de que en la Argentina hay espacio –acaso mayoritario- para un discurso neo-desarrollista, que se distancie tanto del intervencionismo kirchnerista como del actual plan «fondomonetarista» que gerencian los funcionarios macristas.

 

La «tercera vía» gana adeptos
Pero los porcentajes de intención de voto para los precandidatos peronistas no son los números a los que más importancia le asigna el ex ministro. Para él, la clave de la próxima contienda es la encuesta en la cual se le pregunta a la gente si prefiere que continúe Cambiemos en el poder, que regrese el kirchnerismo o que gane una fuerza alternativa. Y ahí es donde el sueño presidencial se le aparece con mayor claridad.

 

El sondeo de la consultora Sinopsis realizado en enero marca que la preferencia por la alternativa lidera claramente, con 33,4% de menciones, contra un 31,0% que quiere la continuidad de Macri y un 26% que extraña a Cristina. Y todavía con un 8,7% de indecisos para seducir.

 

«Hay una enorme cantidad de argentinos que no quieren votar en los dos extremos; eso abre un camino, porque demuestra un nivel de frustración y desencanto muy fuertes en la población. Desde ese punto de vista, la demanda está», dijo Lavagna, como justificación para su postura.

 

Esa sensación de Lavagna, que hasta hace pocas semanas parecía reñida con la opinión mayoritaria sobre un escenario polarizado, empieza a ganar adeptos.

Por caso, una misión de inversores extranjeros que estuvo en los últimos días en Buenos Aires, más interesados en saber cómo está el panorama electoral que el plan económico. Luego de entrevistarse con figuras del Gobierno y la oposición y de analizar encuestas, se fueron convencidos de que una «tercera vía» alternativa al macrismo y al kirchnerismo es posible.

Estos inversores creen que las chances de un candidato como Lavagna crece en la medida que los indicadores económicos sigan siendo negativos. Y su visión es que la recesión no mostrará signos rápidos de reversión.

Lo que viene ahora es la recta final para tratar de instalar la candidatura. En el plano de la opinión pública, eso implica apelar al recuerdo de los buenos tiempos de altos niveles de consumo y a reverdecer la imagen de Lavagna como hombre que superó los peores momentos de la crisis de 2002.

Ese fue el tono con el que por primera vez se habló del tema, cuando el ex presidente Eduardo Duhalde propuso su candidatura.

 

«El próximo presidente yo ya sé quién va a ser: va a ser Roberto Lavagna, no tengo ninguna duda. Necesitamos un hombre que supere las grietas, no es cualquiera que puede ir, necesitamos experiencia», decía Duhalde el año pasado, cuando nadie parecía prestarle mucha atención.

 

El ex presidente tiene un vínculo especial con Lavagna: considera que su llegada al gobierno fue lo que le permitió atravesar el peor momento económico y social del país. Tanto que siempre dijo que su nombramiento había sido el mejor consejo que le dio Raúl Alfonsín.

La propuesta de Duhalde recién se empezó a tomar en serio cuando una encuesta de D’Alessio Berensztein marcó una cifra impactante: Lavagna contaba con 55% de imagen positiva, lo cual lo convertía en el político argentino mejor visto por la ciudadanía, superando a María Eugenia Vidal.

Pero eso no era todo: Lavagna no solamente logra el apoyo en sectores peronistas enfrentados entre sí –como el kirchnerismo y el Frente Renovador de Massa-, sino que también capta adhesiones entre votantes de Macri que están desilusionados por el escenario de estancamiento económico.

Acaso lo más llamativo era que aunque pasó más de una década desde la última actuación protagónica de Lavagna –su candidatura presidencial en 2007- mantiene un alto nivel de conocimiento entre los más jóvenes.

«Tiene un alto grado de conocimiento en la ciudadanía, incluso entre los jóvenes, a pesar del bajo perfil que mantiene desde hace tiempo», apuntaba entonces Sergio Berensztein, el politólogo que puso números al fenómeno Lavagna.

«Es uno de esos casos en que la gente no recuerda tanto su figura sino que más bien asocia su nombre con una etapa histórica de crecimiento. Me hace acordar lo que le pasaba a Alende en los ‘80, que 20 años después de haber sido gobernador seguía siendo identificado como un buen gestor», agregaba.

En definitiva, este parece ser el momento del lanzamiento de Lavagna. Pero claro, queda la pregunta de si es demasiado tarde. A fin de cuentas, lo que el ex ministro quiere es que los demás se bajen, pero Massa parece lanzado en una carrera ya sin marcha atrás.

Sin embargo, en el universo peronista nunca se puede descartar nada. La única lealtad en ese espacio es con el poder. Y, como todos saben, si alguien aparece como ganador seguro, los demás se encolumnan sin importar los discursos previos.

Las próximas semanas prometen ser vertiginosas en esas definiciones de candidaturas. Al calor de las encuestas, el peronismo definirá si le conviene una interna como múltiples pre-candidatos o, como quiere Lavagna, jugar sus fichas a un «operativo clamor».

 

fuente iprofesional