Para el ex combatiente la guerra no fue sólo contra las tropas británicas. El clima los afectó ni bien pisaron las islas y tenían que amañarse como podían para seguir de pie. También para conseguir comida en los momentos más críticos del conflicto bélico.

 

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Mario Soto no tiene rodeos y cuenta con crudeza lo que vivió en la guerra. Lo asimiló y se expresa crítico en cuestiones centrales que debieron afrontar los soldados, y que no se trata sólo de las balas enemigas. “Peleamos contra tres enemigos en Malvinas: el frío, porque somos gente de esta zona cálida y en el Sur se nos hizo insoportable y no teníamos abrigo; luchamos contra los ingleses, que eran profesionales y desembarcaron en masa; y enfrentamos también al hambre… Porque no nos abastecían de comida, teníamos que rebuscarnos y tampoco querían que matáramos ovejas: si lo hacías, te castigaban”, resalta.

—¿Por qué no les llegaba la comida?
—Por desorganización, por maldad, egoísmo. Había un depósito enorme, lo vi cuando estábamos combatiendo, y estaba lleno de dulce de batata en latas de 5 kilos, había chocolate en barra, comida enlatada, leche… Muchos de nuestros soldados estaban en combate con los ingleses, pero varios otros iban a atacar el depósito de comida porque tenían hambre. Esa es la realidad de Malvinas”.

—¿Qué hacían cuando no había nada que comer?
—Te cuento lo que pasamos, hoy entiendo muchas cosas, Dios se ocupó. En Malvinas tenía a mi cargo seis soldados, conscriptos de la clase 63. Entonces, como yo veía la situación caótica, no teníamos qué comer, les digo: ‘A un kilómetro está el pueblo y voy ahí a buscar algo para comer’. Enfilo para el poblado y paso por puestos nuestros; como me conocían me decían: ‘No vayas allá porque están todos los oficiales, te van a hacer pelota’. Pero igual fui, haciendo toda una operación comando para buscar comida.

Al costado de las viviendas había una casilla donde guardaban material para el calefactor y en el techo dejaban ovejas carneadas. Iba con mi mochila, mi cuchillo y traía la carne. Había también un depósito con papas, cebollas y huevos. Hasta pescado tenían.

De esa manera sobrevivimos en Malvinas, pero yo tenía que ir todos los días a buscar para comer. Habremos estado así una semana, 10 días, porque después ya vino el combate.

El cachetazo inicial
“Aterrizamos en Malvinas a mediados de abril; desembarcamos en Puerto Argentino. El panorama era una tristeza: digamos que fue el primer cachetazo. Y hablo de mi experiencia, cada uno tiene la suya. Fue el primer cachetazo de realidad, porque llegamos a Malvinas y afrontamos un viento impresionante, un frío total. Y para completar nos hicieron dormir esa noche a la orilla del mar. Hasta hoy me acuerdo del sufrimiento que pasamos ahí, durmiendo a la intemperie”, indica Mario.

Después de apostarse en Ganso Verde llegó el 1° de mayo y el bautismo de fuego. “Ahí me cayó la ficha de que esto ya no era un juego. Era una realidad: ‘Acá no hay película’, me dije. Cuando ya no pasaban más los aviones con sus bombas, fuimos a la pista y empezamos a recoger muertos. Había pilotos, mecánicos y soldados de custodia sin vida. Era un desastre ya. Estábamos en guerra. Ahí comenzó”, describe sin pausa.

“Por la cabeza pasaba mi familia. Directamente pensás que no vas a volver. Al estar en una situación traumática, te tirás y te cubrís, pero no sabés si te vas a levantar: es una lotería. Hoy no te tocó, mañana te puede tocar. Con los aviones no hay igualdad y los que te defienden hacen lo que pueden. Ahí empezás a decir ‘qué hago’. Encima, para completar, no teníamos alimento”, resume.

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